XI
El joven Osmund, heredero de los bienes de Oivind, puso cara extraña cuando Anders, conforme a instrucciones de Balduino, fue a llevarle la yunta de bueyes.
-¿Pasa algo malo?-le preguntó Anders.
-Es que... Es raro hacerse a la idea de que ahora tendremos de todo, cuando fuimos siempre pobres-contestó Osmund.
Anders sonrió. Al parecer, el chico consideraba que la yunta de bueyes, la cabaña de Oivind y las chucherías que allí había constituían una inmensa fortuna, y que sólo le faltaría castillo propio.
-¿Te das cuenta?... De la noche a la mañana te has vuelto el mejor partido de la región-bromeó, rodeando los todavía estrechos hombros de Osmund con su brazo, en gesto a la vez protector y cómplice-. ¿Te gusta alguna chica?... Ya sé, no me digas: Ljod Thomsdutter...-y guiñó un ojo. Osmund sonrió y se puso colorado.
No era gran perspicacia por parte de Anders. Hasta donde sabía éste, Ljod era la única chica de la edad de Osmund que había en Freystrande y alrededores. Además, Balduino los había obligado a entrenar juntos, y luego de un tiempo de no poder verse sin gruñirse mutuamente, habían pasado a ser grandes compañeros los dos.
-Bueno, por desgracia, tu ascenso a la riqueza te trae responsabilidades-dijo Anders, siempre en indisimulado tono de chanza-. Así es la vida. Ahora que no está Oivind, tendrás que ser tú quien haga al menos una vez por semana el viaje a Vallasköpping.
¿Y a éste qué bicho le picó?, se preguntó de repente, observando a Osmund. Recientemente, éste había contraído un llamativo tic: se pasaba la mano una y otra vez por la mejilla, como si tuviera una suave comezón, pero sin rascarse. Cuando lo asaltaba tal tic, como ahora, su mente parecía estar en otra parte.
-El viaje que ibas a hacer con Oivind, lo harás mañana con Honney-prosiguió-, porque Balduino no quiere que trabajes solo todavía. Hablando con franqueza, me pregunto si el viejo habría sido de ayuda en caso de ataque de Landskveisunger, y si estando él vivo hubieras tenido que arreglártelas sólo, no sé cuál es la diferencia ahora. Pero en fin, Balduino opina que Oivind sí habría luchado enérgicamente contra los bandidos junto a ti, y no le gusta nada que ahora tengas que ir solo; así que por un tiempo tendrás guardaespaldas, comenzando por los más feroces y terminando, supongo, por Adam, que en caso de ataque sería más un estorbo que una ayuda...¿Me estás escuchando?-preguntó, un tanto impaciente; porque otra vez a Osmund lo asaltaba aquel novedoso tic.
-Sí. Anders... ¿A qué edad comenzaste a afeitarte tú?
-Ah, ¿por eso ahora te tocas tanto la mejilla? ¿Para ver si ya te empieza a crecer la barba?-rió Anders-. No me acuerdo, pero no te apures. Cuando uno no tiene barba y bigote, se maldice por ser imberbe como una mujer; y cuando al fin los tiene, maldice por tener que afeitarse con frecuencia o mantener prolijas las nuevas adquisiciones.
-¡Yo no maldeciré!-protestó Osmund; y de súbito la voz se había vuelto prodigiosamente grave.
-De acuerdo, deja de tronar. Y otra cosa: tu padre tiene la costumbre, creo, de ir cada tanto a las Gröhelnsklamer a buscar excremento de grifo para negociarlo como combustible, ¿no?
-Sí, y no me lleva... ¡No es justo! ¡Correría el mismo riesgo que él, o menos, ya que ahora soy tan diestro en el manejo de la jabalina!-exclamó Osmund, bramando con el mismo vozarrón poderoso de momentos atrás-. El no hace caso a mi madre, que no quiere que él vaya allá, pero yo debo obedecer. ¡Me siguen tratando como si tuviera cinco años, Anders!... ¡Yo sé cuidarme solo!...
-Bueno, bueno, cálmate. Los padres son a veces un tanto especiales en ese sentido... Un poco pesados, para qué negarlo... Sobre todo si han visto morir jóvenes otros hijos propios o ajenos... Piensan que deben cuidar de los hijos hasta que éstos sean octogenarios, porque si fallecen antes, les parecerá que han muerto a temprana edad...
-¡ME ODIAN!-gritó Osmund, entre el rencor y la aflicción.
Al parecer ese día el muchacho estaba decidido a inmolarse en la hoguera del martirio.
-¡No digas idioteces, y deja de crucificar a tua padres!-exclamó Anders, indignado-. Si te odiasen...
...te cuidarían mucho menos, precisamente, era el final pensado para la frase. El desventurado Anders no llegó a concluirla. En ese momento, se abrió una de las ventanas de la casa de Osmund, y por ella se asomó Hermelind, la madre del quejoso púber, rodeada de dos hijas pequeñas liadas en un altercado, más una bebita en brazos. No era precisamente el espectáculo más alentador del mundo para quien, como Anders, se disponía a formar su propia familia.
-¡Ah, hijo ingrato, te escuché!-gritó Hermelind, al parecer casi próxima a rasgarse las vestiduras-. ¡No sabes valorar los años en que nos desvivimos por darte lo mejor!... ¡Ya quisiera yo tener un hijo dulce y afectuoso como el señor Anders! Pero a ti te tengo; eres como eres y sufro porque, no obstante, te amo igual.
-¿¿¿PERO SÓLO UN POQUITO, NO???-bramó Osmund, con los ojos anegados en lágrimas-. PORQUE NO SOY APUESTO COMO ANDERS, ¿VERDAD?
-¡¡¡SI NO ES ESO LO QUE DIJE!!!-exclamó Hermelind, estallando también en llanto-. ¿LO OÍS, SEÑOR?-preguntó a Anders-. ¿PODÉIS CONCEBIR MÁS INJUSTA ACUSACIÓN POR PARTE DE UNA PERSONA CONTRA QUIEN LA LLEVÓ NUEVE MESES EN SU VIENTRE Y LO PARIÓ CON DOLOR?
-¡AHORA PARECE QUE TAMBIÉN ES MI CULPA QUE TE HAYA DOLIDO CUANDO ME PARISTE!-contraatacó Osmund, sin dejar de llorar; y a mitad de la frase, el portentoso vozarrón ascendió tonalidades hasta alcanzar un horroroso y chillón falsete capaz de romper todos los cristales en varias leguas a la redonda.
-Ay, mi madre...-suspiró Anders, desolado, viéndose atrapado en medio del campo de batalla entre el púber incapaz de ponerse, por no haber pasado aún por esa etapa, en el lugar de una persona mucho mayor que él, y su sufrida progenitora, también incapaz de comprender los conflictos del adolescente, por ser el primero entre sus hijos en llegar a esa edad y por lo tanto por no estar ducha ella misma en capear ese tipo de temporales; amén de que su propia adolescencia había quedado muy atrás y no recordaba que entonces había pensado que sus padres le parecían insufribles, en gran medida porque la que se había vuelto insufrible era ella.
-Ay, mi madre...-repitió Anders, atribulado. La cellisca familiar arreciaba. Hizo un esfuerzo por conciliar posturas-. ¿Sabes?-dijo a Osmund, poniéndole solidariamente una mano en el hombro-, no es que crecer no tenga sus ventajas; pero tampoco vale la pena que te apresures.
-¿TÚ TAMBIÉN VAS A TRATARME COMO SI TUVIERA CINCO AÑOS?-gritó Osmund, sin dejar de llorar. Por ahora, acorde con aquel berriche de niño caprichoso, mantenía el tono de falsete; pero cuando menos lo imaginara uno la voz volvería a descender al sótano, viril y temible-. ¡TODO EL MUNDO ESTÁ EN MI CONTRA!
-Si yo sólo vine a traer los putos bueyes...-gimió Anders, y a él tampoco le faltaba mucho para ponerse a hacer pucheros.
-¡AH, SEÑOR, ESCUCHADLO!-gritaba ahora Hermelind-. ¡NOS VA A MATAR DE UN DISGUSTO A SU PADRE Y A MÍ!...
-¡BASTA!-rugió Anders-. ¡ESTÁIS LOCOS DE REMATE LOS DOS!... ¡HAY DEMASIADOS MÁRTIRES AQUÍ!... ¡LA PRÓXIMA VEZ, QUE BALDUINO TRAIGA ÉL MISMO LOS BUEYES O LO QUE SEA!... ¡ME VOY! Y ATENDED: ¡AVISAD A OSMUND PADRE QUE MEJOR QUE POR UN TIEMPO SE MANTENGA LEJOS DE LAS GRÖHELNSKLAMER, PORQUE HAY UNA HEMBRA DE GRIFO QUE PRONTO TENDRÁ CRÍA FUERA DE ÉPOCA, Y PODRÍA VOLVERSE PELIGROSA!
-¡Ni me habléis del padre!-suplicó plañideramente Hermlind-. ¡Cómo esperar docilidad de mis hijos, con los malos ejemplos que les da ese sinvergüenza!...
Anders puso pies en polvorosa.